twitter facebook instagram
Inicio Aisge
Noticias Entrevistas Cursos
 
Noticias
Versión imprimir
Pasajeros esperando en los andenes del metro
Pasajeros esperando en los andenes del metro
 
Alba Galocha, en una galaxia desconcertante llamada Tokio
 
 
Lo desconocía todo de la capital nipona. Y lo que se encontró desbordó sus expectativas. Alucinó con la amabilidad de la gente, aunque es una sociedad extremadamente individualista
 
 
Estuve tres meses trabajando en Tokio a finales de 2013. Hacía un frío espantoso y era además época de tifones: mirabas al cielo neblinoso y oscuro y el skyline parecía el de Gotham. No regresaría allí por trabajo, aunque tengo muchísimas ganas de hacer un viaje por placer, pues no conocí demasiado. Solo visité lo que me daba tiempo los fines de semana: de lunes a viernes me pasaba el día en un coche para ir de un casting a otro. El tráfico es de morirse. Las autopistas van una encima de otra, son como de los Micro Machines. Y el metro está abarrotado. La primera vez que entré me llamó la atención que continuamente hubiera colas de pasajeros: los vagones llegaban a tope, y como apenas quedaba espacio para que entrasen unos pocos, el resto esperaban en la fila al siguiente tren. Los asientos tienen calefacción y te quedas dormido con gran facilidad, así que en cada parada va sonando una alarma diferente y la gente se despierta al identificar la suya. También influye que los trayectos sean largos, de hasta dos horas, flipas en colores con lo casi inabarcable que es el plano de la red.
 
   No sabía nada sobre la ciudad, solo que las modelos blancas estaban muy cotizadas. Por eso no tomé el sol durante el verano antes de irme. Si estás un poco morena, olvídate. Aquello es una máquina de hacer dinero para la moda. En todas las campañas buscan chicas adolescentes que aparecen junto a un señor maduro con el pelo cano. ¡Yo con 23 años ya les parecía mayor! Ese ideal de belleza no se parece en absoluto al público que compra la ropa. Al dedicarte a ese sector, la agencia te facilita una vivienda cuyo alquiler descuentan de tu sueldo a medida que vas trabajando, pero los precios son extremadamente caros. Pagaba 500 dólares a la semana por un apartamento minúsculo. Escribí a unos chicos de Madrid con los que tenía amigos en común y tuve la suerte de que les quedara una habitación libre en su casa. Pasé de Roppongi, una zona animada y repleta de turistas por los numerosos clubes nocturnos y restaurantes, a vivir en Nakano. Es un barrio tranquilo que se caracteriza por sus casas bajitas, muy japonés, donde sientes que no estás de paso. ¡Incluso dormíamos en tatamis! Gracias a mis compañeros logré hacerme un hogar en un país tan distinto culturalmente y al que había llegado sola. Me moría de risa cuando les veía hablar japonés entre ellos mientras jugaban a la consola…

Vista panorámica de la ciudad
Vista panorámica de la ciudad
 
Una insoportable adicción al trabajo
Aluciné con la amabilidad y el carácter servicial que muestra la gente, todo el rato sonríen y hacen reverencias. Pero al mismo tiempo son individualistas, apenas ayudan si ven alguna caída en el metro, quizá por no asumir responsabilidades. Es complicado entablar relación con los japoneses. Trabajan y se piran, no hablan con los demás ni sacan diversión de la experiencia. Cuanto más tiempo permanezca un empleado en su oficina, mejor, aunque su jornada finalice antes. Le miran con desdén si se marcha a la hora que le corresponde, debe quedarse hasta que se haya comido el escritorio. Mis compañeros de casa salían a las ocho de la mañana y no volvían hasta las dos de la madrugada. ¡De locos! De ahí que existan las llamadas habitaciones de la destrucción, pensadas para romperlas por completo en caso de ataque de estrés.
 
   Yo iba andando a todas partes. Otra alternativa ideal es la bicicleta, más barata y cómoda que el transporte público y muy segura, pues los tokiotas son respetuosos con el tráfico. En raras ocasiones gritan o pitan. Frecuentaba el camino de Shibuya a Shinjuku a través del Parque Yoyogi, el más grande de la urbe, donde ves de todo: parejas de ancianos pintando, deportistas corriendo, grupos practicando yoga… Los domingos a las cinco de la tarde hay reunión de rockabillies y bailan. Se les da bien. A mí Me mandaban a castings de rollo flamenco y creían que lo dominaba por el hecho de proceder de España, cuando te ves delante de una japonesa bailándolo y te puedes desmayar... Entre las moles comerciales de Shibuya se esconde la escultura del perro Hachiko, que acompañaba a su dueño al trabajo todos los días. Cuando el hombre murió, el animal le esperó largo tiempo. En las calles de esa zona hay tanta luz de pantallas publicitarias que a una amiga le resultaba oscura ¡la Gran Vía madrileña! Tokyu Hands es similar a un Corte Inglés enorme, en un mismo edificio venden desde telas o palillos chinos hasta neumáticos o segadoras. Encuentras cualquier cosa que necesites.
 
   Shinjuku está bajo el control de la yakuza [mafia] y es un barrio sin ley. En sus callejones estrechos tocas a ciertas puertas, abren un ventanuco y te venden sustancias que van cambiando semanalmente, pues sustituyen los componentes ilegales por otros. Me fumé un porro con uno de mis compañeros de casa y el cuerpo me pesaba muchísimo. ¡A saber qué llevaba eso! Las drogas están perseguidísimas, incluso la marihuana. Pero un amigo norteamericano la fumaba en el parque y no le decían nada, porque como es algo tan castigado y la gente ni siquiera conoce su olor…

 
 
De dandis con estética manga al consumo de bragas usadas
También en Sinjuku sorprenden los locales de citas donde los acompañantes son hombres que llevan el pelo planchado y visten trajes blancos. ¡Son como dandis manga! [risas]. Las señoras los contratan, los llevan de cena… pero sin llegar a la cama. Apenas se relacionan en lo sexual, ni siquiera las parejas tienen confianza en ese ámbito, tal vez por eso existan las consabidas perversiones. Las tiendas de DVD porno son turbias. Hay una muy estrechita en esa zona que va por pisos: en el primero se ofrecen películas sobre colegialas vestidas, las cintas del segundo muestran medio pezón, en las del tercero aparece el pezón entero, la cuarta planta se dedica a desnudos integrales y en la quinta encuentras gustos bizarros, desde chicas haciendo sexo con caballos a gusanos en los genitales. Ese lugar lo frecuentan tíos trajeados con maletines que se gastan hasta 150 dólares en un DVD. Por toda la ciudad ves máquinas para comprar bragas usadas. Una conocida lo petó por montar un negocio con ese material. Nosotros tendíamos la colada en la terraza y me dieron un consejo: que colgara la ropa interior hacia dentro o me quedaría sin ella. No daba crédito a semejante fetichismo. Y menos aún teniendo en cuenta que allí no te roban, ni siquiera 100 dólares que dejes encima de la mesa en un bar lleno de gente mientras vas al lavabo.
 
   Daikanyama es el epicentro modernete, con tiendas vintage, se percibe cierta obsesión por la moda de EEUU. A algunos los ves vestidos y parecen del Bronx. En sus calles se juntan numerosas tribus urbanas: las lolitas, los manga… Todos llevan su estética en el ADN y la cumplen a rajatabla. No les falta un solo detalle. En sitios de segunda mano conseguí por poco dinero tres o cuatro prendas de Comme des Garçons que son joyas. Y me hice fiel a los zapatos Birkenstock, que los usa todo el mundo, los encuentras de mil modelos y colores. ¡Cualquiera diría que es una marca alemana! ¿Mi consejo? Buscar ropa en ese plan, puesto que las grandes firmas venden allí a precios más caros, por eso ellos arrasan las boutiques durante sus viajes a Europa.


 
Mafiosos con tatuaje y chupitos con palomita
La sofisticación deja paso a la intimidad de unos baños públicos que son como una mezcla de sauna y piscina municipal. Hombres y mujeres se asean por separado en piletas con vapor. Recuerdo con ternura cómo se comunicaban las señoras mayores con las niñas, ver cómo distintas generaciones compartían espacio. La entrada es barata, aunque complicada si llevas tatuajes. Causan recelo entre la gente porque únicamente van tatuados los miembros de la yakuza. Los chicos con los que fui huyeron despavoridos porque había aparecido un mafioso con un dragón gigante en la espalda. ¡El tío se quedó solo!
 
   Librerías increíbles salpican el barrio de Nakameguro, que me recordaba mi parte favorita de Amsterdam. La Cow Books tiene una decoración preciosa y allí me compré un libro con fotos de mujeres y poemas. Otra muy famosa es Tsutaya Books, donde fui consciente de mi primer terremoto. Algunas tiendas están especializadas en la venta de papeles estampados y plumas para pintar.
 
   La vida nocturna ofrece situaciones muy locas. Con apenas 30 dólares por persona puedes alquilar una cabina de karaoke toda la noche con barra libre, aunque las tarifas se vuelven desorbitadas si no vas acompañado por alguien autóctono: 60 dólares tres horas. En un restaurante italiano estuvimos de cháchara hasta la madrugada con la camarera y tomando chupitos con una palomita dentro: te bebes el alcohol, muerdes la palomita, expulsa el alcohol absorbido y es un segundo chupito [risas]. El tequila lo toman con canela y azúcar. Volvimos a casa en bici haciendo eses… No es que en Japón beban demasiado, es que les afecta el alcohol. Se toman dos copas y están del revés. Es desagradable ver la estampa de tipos trajeados que se desploman sobre las barras de los bares al darles el bajón. El metro está plagado de señales que aconsejan precaución para evitar caídas de los que van borrachos. Mis propios compañeros pensaban desde el miércoles en pegarse el fiestón padre el viernes y ya no salían en todo el fin de semana porque estaban reventados.
 
   En los cines de Roppongi Hills disfruté de una butaca enorme con camareros que antes de la proyección de Jobs ofrecían hamburguesas, whisky, palomitas… Estaba como en el sofá de tu casa, era maravilloso. Y allí vi mi primera película en 3D: Gravity. ¡Con subtítulos en japonés! [risas]. Entre las pocas palabras que aprendí figuran mis platos favoritos: takowasa [pulpo con wasabi] y kani miso [cangrejo con miso]. Allí pocas veces hablan inglés. Probé cosas riquísimas y engordé un montón. Las convenience stores abren las 24 horas y venden triángulos de arroz con diferentes pescados en su interior. ¡Me zampaba tres de esos diarios! Y antes de tomar el vuelo de vuelta me di una comilona de campeonato en el hotel de Lost in translation: el Park Hyatt.

 
 
Medio mundo registrado en agendas e imágenes
 
 
Desde los 18 a los 27 años he conocido un montón de lugares. ¡Y lo que me queda! Ahora tengo el gusanillo de irme a algún destino en el que la hora sea completamente diferente a la de España para desconectar. Como modelo viajaba a menudo, con estancias cortísimas centradas en el trabajo, pero al final pensé: si me pagan el billete de avión, yo abono tres noches más de hotel, conozco los sitios por mi cuenta… Moviéndote sola se aprende muchísimo. Una vez llegué a un pueblo de Suecia sin un duro y llamé a mi padre para que me pasara dinero porque no tenía ni para la cena [risas]. Pero en mi familia jamás ha supuesto un problema mi faceta de trotamundos, sino todo lo contrario, siempre me han animado. Viví varios años en París. Y en Australia pasé un mes en Melbourne y otro en Sydney.
 
   Si viajo como turista, me hago una pequeña guía con información sobre mis dos preferencias: museos y restaurantes. Me gusta mucho escribir, en cada destino lleno la agenda con anotaciones sobre todos mis hallazgos, aunque las fotos también me sirven para guiarme. Buena parte de ellas son analógicas: tengo una cámara Rollei, una Yashica y una Canon A-1. Cuando fui a Palm Springs con Louis Vuitton, lo hice realmente en calidad de fotógrafa. ¡Fue más divertido que ir para un desfile! Sueño con realizar textos y fotos para una revista de viajes.

 
Dos años de carrera trepidante: cuatro largometrajes y una serie
 
 
Antes de mi mudanza a París me rondaba la cabeza la idea de ser actriz, pero me daba miedo porque me parecía complicado. Me faltaba confianza en mí misma. Mi representante tiene mucha amistad con mi booker y ya hace siete años me preguntaba cuándo me lanzaría a la interpretación. ¡Yo acababa de empezar mi carrera como modelo! En la capital francesa hice cursos, vi que aquello realmente me gustaba, me lo pasaba teta… Al comenzar el verano de 2015 tuve una suerte que no sé de dónde salió: el rodaje de El hombre de las mil caras. Pese a que gran parte de la película transcurría en París y coincidía con Alberto Rodríguez, precisamente para mis secuencias tuve que viajar a Madrid y Singapur. Luego vinieron Plan de fuga, Si tu voyais son coeur… hasta que en mayo de 2016 me instalé en España gracias a No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas. Era mi primer papel larguito, así que al principio estaba con canguelo, una parte importante de mi trabajo se lo debo a la maravillosa Verónica Echegui. ¡Qué energía! ¡Es un cohete!
 
   Sigo dedicándome a la moda, pero mucho menos por falta de tiempo. Es una de esas profesiones que se olvidan si no estás trabajando todas las semanas. Y tampoco me interesa tanto: al principio es un mundo divertido, pero después de ocho años te aburre. Da dinero, por eso continúas en ello.
Versión imprimir
© AISGE 2018   Webmaster   Condiciones de uso   Política de privacidad
Inicio