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Nerea Barros
 
“Cuando llevo un personaje dentro, yo no existo”
 
Enamorada del oficio desde los primeros pasos hasta el Goya. Su secreto está en acotar la teoría y abordar la empatía


FRANCISCO PASTOR (@frandepan)
Reportaje gráfico: Enrique Cidoncha (@enriquecidoncha)
Cuando Nerea Barros (Santiago de Compostela, 1981) contaba cuatro años combinaba los zapatos de tacón de su madre con una larga bata. Y emprendía algún soliloquio apoyada en las esquinas de su casa. “No me apartaba de la televisión. Veía ficción, un vídeo detrás de otro. Mis padres debían creerme loca”, recuerda la actriz. Por miedo a que el sueño del drama acabara en tragedia, la familia le empujó hacia la carrera de Enfermería. Y ejerció antes de afincarse definitivamente en Madrid.
 
   Porque le entusiasma viajar, no le dolió dejar la tierra. La voz de Barros en una cafetería a las 10 de la mañana suena aún más rasgada que en la pantalla. Fue ese timbre el que le ayudó a encarnar en La isla mínima a aquella mujer maltratada por la que en 2015 recibió el Goya a mejor actriz revelación. El abrazo del gran público le llegó antes, gracias a la secretaria a la que dio vida en El tiempo entre costuras.
 
 

 
 
 
   Ya con el galardón de la Academia de Cine en la mano, la artista se presentó ante los cinco millones de espectadores que seguían El Príncipe. Hoy aguarda el estreno de Apaches, una serie que lleva dos años en un cajón, para la cual interpreta a una toxicómana. Pero no espera sentada. La gallega trama un sinfín de proyectos, tanto documentales como de ficción, junto al periodista bonaerense Hernán Zin. Esta vez, tras 20 años frente a la cámara, será guionista y realizadora.
 
– No es frecuente entre actores, pero le gusta el ritmo de las grabaciones para televisión.
– Trabajo mejor cuando no estoy acomodada. En la gran pantalla cada detalle cuenta mucho, y eso es bonito, pero nuestro engranaje interno va muy despacio. La calma del cine abre la puerta a que nos perdamos en nuestro mundo. Cuando toca comprimir toda esa labor tan cuidada para una serie, noto cómo mi maquinaria funciona mejor. Buscamos la misma pureza en menos tiempo. No dejamos de cambiar, cada dos por tres. Vamos al compás.
 
– ¿También cuando le toca un papel de reparto?
– Esos trabajos me han dado muchísimas alegrías. Los protagonistas son importantes, y se ven más recompensados en la vanidad, pues todo su despliegue figura en el metraje. Pero son los secundarios quienes levantan el texto. Desarrollamos todo el arco del personaje sin importarnos que solo vaya a aportar dos o tres destellos.
 
 

 
 
 
– ¿Ha notado ya los altibajos del oficio?
– Naturalmente, aunque en este momento esté en una buena racha. Esta vocación es complicada. Nuestra vida va pasando mientras demostramos a los demás una y otra vez que podemos con esto. Nos exponemos en las pruebas ante personas que están ahí para juzgar nuestro trabajo. Y que comamos depende de ello. Es un círculo vicioso, difícil, extraño. Como mujer, además, resulta torturador eso de estar siempre perfecta. ¡Y el arte dramático no tiene nada que ver con eso! La belleza que refleje la cara de un actor nace de dentro, no de fuera.
 
– ¿Percibe el machismo en esta industria?
– Los papeles están muy mal repartidos. No es una crítica porque sí, es la realidad: los guionistas suelen ser hombres. Y escriben sobre sí mismos. Nos miran y ven a sus madres, a sus hermanas, a sus hijas, a sus novias… Y olvidan a la protagonista que hay detrás. La mayoría de los personajes de las películas y las series son varones, cuando el hecho de que fueran mujeres no alteraría la trama en absoluto. ¡No habría que tocar ni una coma!
 
– ¿Cómo fue llevar dentro a aquella mujer maltratada de La isla mínima?
– Para mí era una heroína. Y con ella entendí que muchas esposas y madres también lo son. Dan algo, si es que no se regalan por entero. Soy de Galicia y llevo toda mi vida viendo a mujeres rurales que han levantado la tierra y la familia. Han dado de comer a quienes se encontraban a su alrededor sin ayuda, a solas con el trabajo y el altruismo. Han entregado su vida a los demás. Así que me inspiré en ellas. Siempre supe que ese personaje tendría mucho de mi madre.
 
 

 
 
 
– ¿Alteró su carrera ganar un Goya?
– En lo personal, quizá más que en otro plano. Fue un reconocimiento de mis compañeros. ¡Todos aquellos académicos a los que ni siquiera conocía vieron algo en mí! Me cambió y me dio fuerza. Hay muchísimas formas de actuar, y yo puedo mirar mi trabajo e intuir que cambiaría detalles. Crecí preguntándome si estaría yendo por el buen camino. Así que, por primera vez, aquello me dio algo a lo que agarrarme.
 
– Da la impresión de que A estación violenta, su último trabajo, se basa en hechos reales. ¿Quiso saber si su personaje existió de cara a prepararlo?
– Me lo he preguntado mucho. Encarnamos a un grupo de amigos que se creen en la cima del mundo. Disfrutan cada fiesta, cada día, como si no hubiera un mañana. Pero si no cambiamos, si no maduramos, finalmente nos estancamos. Hasta acabar casi destruyéndonos. También los artistas, cuando nos conocemos a nosotros mismos y sabemos nuestras opciones, somos mucho más libres que quienes viven con los pies lejos del suelo.
 
– Es una cinta de alrededor de 60 minutos rodada en gallego. ¿Está orientada deliberadamente al mercado alternativo?
– El montaje final de la película no se parece en nada al guion original. Ni siquiera al metraje filmado. Rodamos un trabajo largo, de dos horas, en el que había unos planos secuencia ¡de 14 minutos! Con todo, era una obra narrativa y convencional. Nuestros personajes contaban con un arco. El trabajo actoral fue increíble. Pasábamos sin cortes por unos estados de ánimo muy complejos. Pero en la sala de postproducción hubo una investigación, se siguió otro camino… y el resultado es un sorbete de sensaciones.
 
– ¿Y duele ese momento? El de actuar y dejar el trabajo en las manos de terceros.
– ¡Yo interpreto para otros! Una vez he acabado, esos fotogramas ya no son míos, sino de los productores. Lo que hagan con ellos no me incumbe. Es duro porque he dejado ahí una parte de mi alma. Cuando llevo un personaje dentro, yo no existo. Logro mantener un pequeño fragmento de Nerea, algo ahí arriba, que me permite seguir el día a día. Pero el resto es otra persona. Al decir adiós se queda un vacío que no consigo llenar hasta el siguiente papel. No me encuentro bien cuando no trabajo.
 
 

 
 
 
– Empezó a actuar muy joven.
– Mi primera película, Nena (1997), me tocó cuando era adolescente. La productora vino al instituto en busca de actores. Y yo me enteré tarde. Lo pasé muy mal al saber que me lo había perdido. Hubo días en que no comía ni dormía. Hasta que convencí a mi hermano, que me llevó a otra prueba para esa misma pieza. Y me cogieron. ¡Era dificilísimo! No sabía por dónde empezar. ¿Cómo se desarrollaba un personaje? Aunque me pedían que fuera yo misma, decidí imitar a los demás actores.
 
– Entonces, ¿trabajó primero y se formó después?
– Realicé muchos cursos, también en el extranjero. La formación actoral nunca termina. Los intérpretes siempre estamos creciendo. Cuando leemos un tratado de arte dramático ya recogemos de forma involuntaria algo de lo que nos va a aportar: creo honestamente que es mejor no ir más allá. Renuncio a crear en torno a una teoría concreta. Kantor y Stanislavski están bien, pero soy actriz desde mi sensibilidad hacia las emociones de los demás. ¡Trabajamos con el alma humana!
 
– Y ejercer como realizadora, incluso de documentales, ¿le está enriqueciendo también como intérprete?
– Desde luego. Después de haber contado las historias de otros, me apetecía dirigir. No sabía que podía hacerlo. Mientras estoy creando, pienso en distintos actores que conozco. Escribo para ellos. Ahora entiendo la gran industria. Tengo reuniones de producción, financiación, patrocinios, incentivos fiscales… Estoy descubriendo lo que cuesta sacar un proyecto adelante. Comprendo mejor a quienes, como actriz, en otro momento sentía enfrente.
 
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